Dos Testigos Silenciosos de la Fe Sencilla

Dos Testigos Silenciosos de la Fe Sencilla

Hay una Buenos Aires que no corre, que no se exhibe, que no hace ruido. Una provincia que respira en sus pausas y en sus pueblos detenidos en el tiempo. Allí, entre campos abiertos y esquinas que huelen a invierno, estas Capillas Bonaerenses se alzan como testigos silenciosos de la fe sencilla, esa que no necesita adornos para conmover.

Un templo con historia entre los trigales

Apenas a 15 kilómetros de Pellegrini, en el pequeño pueblo de Bary, emerge la capilla de Santa Marta. Parece querer pasar desapercibida, como si su humildad fuera su virtud más fuerte. Pero al acercarse, algo se revela. Quizás sea su arquitectura de estilo gótico protestante. O tal vez su historia centenaria que comenzó a escribirse en 1911, cuando fue bendecida por monseñor Gregorio Romero. Detrás de sus muros hay más que ladrillos: hay gestos, hay ofrendas, hay memorias.

Uno de los detalles más fascinantes lo protagoniza la infanta Isabel de Borbón, quien, durante su visita en 1910, enterada del impulso por construir una iglesia en la localidad, donó un vía crucis tallado y pintado a mano —una joya única en su tipo— junto a dos cuadros que aún decoran el interior. La capilla fue pensada como punto de reunión espiritual para un pueblo que crecía entre cosechas y promesas.

Con los años, el abandono y el vandalismo dejaron huellas. Sin embargo, un grupo de vecinos comprometidos decidió devolverle el alma a través de tareas de recuperación, celebraciones patronales y encuentros comunitarios. Hoy, más que un edificio, Santa Marta es símbolo. La Virgen que habita en su altar —patrona de las amas de casa y trabajadoras del hogar— parece cuidar no sólo la estructura, sino también la memoria afectiva de generaciones.

Ubica a Bary en Google Maps.

Fe en movimiento en el corazón de Almirante Brown

En el partido de Almirante Brown, más precisamente en Claypole, a solo 30 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, hay otra capilla bonaerense que late en silencio. Se trata del Pequeño Cottolengo Argentino de Don Orione, una obra monumental nacida de la generosidad femenina: más de 220 hectáreas donadas por terratenientes permitieron levantar no solo un templo, sino un hogar de amor.

Inaugurada el 28 de abril de 1935 con la presencia del presidente Agustín P. Justo, esta capilla no es sólo un espacio de oración. Es, en palabras de la directora de Turismo de Almirante Brown, Morina Sanz, “un testimonio concreto del compromiso perdurable con el bienestar de los más necesitados”. Alberga a personas pobres y con discapacidad, dando vida a la obra caritativa impulsada por San Luis Orione.

Caminar por el Cottolengo es entender que la fe puede ser también trabajo, cuidado, contención. La capilla no divide días comunes de días santos: todos los días allí son sagrados. Porque allí se ama, se reza, se convive. Y porque hay algo en sus paredes que recuerda que la religión no es solo doctrina, sino también acción.

Ubica el Cottolengo en Google Maps

El valor de detenerse

Volver de estos caminos no deja souvenirs en las manos, pero sí deja algo en el alma. Una sensación parecida a haber tocado otra época. Como si uno viajara sin moverse, como si al pisar esos suelos sencillos estuviera atravesando la historia silenciosa de la provincia.

Las Capillas Bonaerenses no pretenden ser vistas. No levantan la voz. Pero quien se detiene ante ellas, quien cruza su umbral y se deja envolver por el olor a madera y las marcas del tiempo, comprende que lo sagrado no siempre brilla: a veces se revela en lo imperfecto, en lo humilde, en lo que no busca llamar la atención.

Y así, sin discursos, sin vitrinas, estas capillas siguen hablando. A quien quiera escucharlas.

por Miguel Cabrera Periodista especializado en turismo religioso